Su grito de guerra me impactó porque me sumergió en una realidad que no había podido vislumbrar antes: Un mundo en el que compañías trasnacionales hacen de la muerte y de la enfermedad su mejor negocio.
Ahí estaba en el centro de la protesta, una chica, creo francocanadiense, de nombre Asia Rusell que se desgañitaba para que la escucharan los diplomáticos de todo el mundo en la reunión de la Organización Mundial de Comercio que se llevaba a cabo en ese momento.
“Medication, for every nation” (Medicina para todas las naciones), retumbaba en el centro de convenciones en el que se habían reunido los delegados.
Me imagino que pertenecía a una organización feminista, porque iba acompañada de tres o cuatro chicas, que claramente lideraba; y este grupo, a su vez, se había integrado a otras organizaciones con las que unían sus gargantas para que sus voces sonaran más fuertes.
“Miles de personas mueren todos los días en países pobres porque los últimos adelantos médicos tienen precios inaccesibles. Esas personas pueden salvarse, existen los medios para que vivan, pero por una simple cuestión de negocios los dejamos morir”, me explicó.
Las farmacéuticas ya ganan mucho dinero en los países ricos, ¿por qué entonces mantiene precios altísimos en países pobres para medicamentos que pueden salvar vidas?, cuestionó.
-“Si estás enfermo y tienes dinero eres negocio para mí, si no, pues muérete porque yo necesito mantener mis altos márgenes de ganancia. Es el mensaje de las grandes compañías”, remató.
Después de la explicación cerró el puño, levantó la mano y su séquito empezó a corear.
No era una chica que ganara un concurso de belleza y al parecer su aspecto no le interesaba mucho, pero sus profundos ojos de color irradiaban energía que junto con su entusiasmo le daban una personalidad magnética.
Asia estaba en esa reunión de la OMC porque acudía a todas las reuniones del organismo, se había impuesto la misión de recordarles a los delegados que debían obligar a las farmacéuticas a liberar las patentes de medicinas para enfermedades epidemiológicas en África, y en otras regiones pobres de planeta.
La explicación de la chica me reveló la naturaleza depredadora del ser humano presente en muchos negocios: en mineras que envenenan pueblos enteros, empresas armamentistas que hacen de la muerte la mejor ganga y farmacéuticas que hacen de las epidemias suculentos negocios.
Qué triste que en el combate a la enfermedad ya no destaquen los prohombres, aquellos buenos seres humanos que buscaban algo más noble que presentar buenos resultados financieros para una trasnacional.
La historia del desarrollo de las vacunas está llena de héroes.
En plena Guerra Fría, por ejemplo, un grupo de científicos rusos, encabezados por Hilary Koprowski, se arriesgaron a ser juzgados por espías colaboracionistas o traidores porque se pusieron en contacto con un grupo de científicos estadounidenses encabezados por Albert Sabin.
Ambos equipos se jugaron su prestigio y les valió un rábano la política, los prejuicios y la guerra, porque sabían que sin la ayuda de sus contrapartes no podían lograr su objetivo: la vacuna contra la Polio. Lograron su meta y hoy en día esta enfermedad se considera erradicada del planeta.
Dejé a la chica en su protesta y seguí caminando por la vida.
Fue hasta hace un par de años que vino nuevamente a mí de súbito el grito de guerra de esta mujer. Era una tarde, como muchas, en el cierre de edición de la sección de negocios del diario Reforma y monitoreando los cables de agencias saltó una nota que me aceleró el corazón.
“Farmacéuticas acuerdan liberar sus patentes de medicamentos para enfermedades epidemiológicas en África”.
La activista y sus compañeros habían ganado una batalla.
Afortunadamente la humanidad se anota ciertas batallas porque existen personas rinocerontes como Asia, idealistas obsesos que nunca se rinden, que embisten fuerte y directo y no les importa nada, al estilo de Koprowski y Albin, que se arriesgaron a terminar en un paredón de fusilamiento para conseguir su objetivo, salvar vidas. Y lo consiguieron.
Antes de que se liberarán las patentes, un tratamiento anual contra el Sida en África costaba 24 mil dólares, ahora se puede atender a una persona enferma con este mal por 100 dólares y las 8 mil personas que morían diariamente en este continente por VIH se han reducido dramáticamente.
Las farmacéuticas mantendrán sus manías monetarias, como todas las compañías que se imponen como única meta el lucro, aun cuando tengan que pasar sobre la vida humana, tal y como lo mostró el desplante de hace un año de Marijn Dekkers, consejero delegado de Bayer.
“No fabricamos medicamentos para los indios, sino para quienes pueden pagarlos”, dijo este ejecutivo al defender la patente del Nexavar, un fármaco anticanceroso de última generación bastante efectivo para tratar cánceres de hígado y que la India quiere volver accesible a su población.
Pero por otro lado, tengo la seguridad de que las farmacéuticas seguirán aquejadas de un malestar que no se pude quitar con ninguna de sus medicinas.
Es una espina que les molesta. Es mi amiga Asia, que en algún lugar del mundo, junto con su pandilla de chicas, grita a todo pulmón mientras alza el brazo derecho con el puño cerrado una frase que, además de un buen deseo, es un hermoso verso.
-“Medication for Every Nation”.