Hoy, al dirigirme al trabajo, una chica a mi lado en su auto lucía una cara desencajada que contrastaba con el rubor y el cuidado de su maquillaje. Volteé y distraídamente nuestras miradas se encontraron, entonces le saque la lengua y… todo cambió porque me obsequió un hermoso regalo: una enorme sonrisa y luego, como represalia por haberme robado su amargura, me sacó la lengua también.
Automáticamente me remonté a otro momento, en otra ciudad. Nueva York por la tarde y una alerta de bomba en el metro que había puesto como locos a todos los neoyorkinos durante ese día, ¡Bueno!, un poco más locos.
La policía estaba apostada a cada entrada del subterráneo con perros que parecían olfatear el miedo que infundían y al interior: a los empujones cotidianos se sumaron las miradas de recelo hacia los vecinos.
Los músicos y vendedores ambulantes, que también los hay en la gran manzana, habían sido sacados durante toda la mañana de ese día sin un ápice de delicadeza. Los férreos y azules policías metropolitanos parecía habían practicado días antes arrojando costales de patatas.
En este ambiente estaba yo en un andén de la estación Times Square en donde, a pesar del amontonamiento, un jamaiquino con sus clásicas trenzas y rastras pudo hacerse de un lugar para poner su tambores metálicos y empezar a tocar.
Después de la primera interpretación, que pareció incrementar la mala sangre en el ambiente, el músico preguntó “Does anyone want any special melody?” ¿Alguien quiere una melodía en especial?.
– “New York, New York”, pidió alguien.
Y el jamaiquino se lanzó: “Start spreadin’ the news, I’m leavin today, I want to be a part of it New York, New York…”
A la segunda estrofa ya se había formado un portentoso coro de cientos de gargantas pero al iniciar la tercera: “Poder cantar en la ciudad de nunca dormir, tus rascacielos subir, siempre…” Hicieron su aparición los azules, sin perros esta vez, pero con cara de canes.
Avanzaron decididos, pero repentinamente algo pasó: Los policías frenaron en seco su avance quedando a un metro del músico, como si se hubieran estrellado con un muro invisible. Así había sido, ese muro lo había construido la magia del momento y era tan sólido que los guardianes no se atrevieron a desquebrajar la belleza del instante.
Cuando el jamaiquino concluyó: “Si alcanzo el triunfo aquí, no habrá fronteras para mí, decide tú, New York, New York, New York”, los policías amablemente lo cargaron en vilo para indicarle la salida y todo el andén estalló en aplausos, ya sin que hubiera ningún rostro amargado.
Decía el fraile periodista, Martín Descalzo, que siempre le había asombrado la extraordinaria habilidad de los camareros de los grandes bares para oír únicamente lo que quieren escuchar
“Te has sentado tú en una terraza y, cuando el mozo pasa con su servicio para atender alguna de las mesas vecinas, ya puedes llamarle, pedirle agua o café, que seguirá impertérrito, sin oírte”
Muchos meseros también aparentan no verte, ni cuando empiezas hacer aspavientos, y te ignoran incluso si llegas al extremo de sacar tu pañuelo blanco para ondearlo amarrado a un tenedor a modo de rendición a su indiferencia y para vergüenza de tus acompañantes.
Creo que la vida diaria nos hace contraer el síndrome de meseros sordos y ciegos, muchas veces somos protagonistas de momentos luminosos, que ocurren y lo hacen de una manera más frecuente de lo que nos imaginamos. Tal vez no son tan estruendosos como un coro tumultuario en el metro de Nueva York, pero suceden frecuentemente.
Grandes y hermosos destellos que nos negamos a ver o escuchar porque pensamos que estamos muy ocupados en cosas importantes y así nos vamos olvidando de un ejercicio muy sano: ¡El de Vivir!