Tu juez implacable es un niño



Carta1

Sentía que las piernas me temblaban. “No estoy nervioso, es el café que me bebí, pero entonces recordé: Bebí café precisamente para tranquilizarme”.

Sentía la mirada punzante de mis anfitriones, me habían invitado a entrevistar a uno de los grandes líderes empresariales de Estados Unidos y ahí estaba yo, cuestionando la estrategia de su compañía.

En ese momento me mostraba enormemente sorprendido de que Dell, la gigantesca compañía fabricante de computadoras, pensara que su modelo de venta directa, sin intermediarios, siguiera siendo válido y más aún: estaba boquiabierto frente al anuncio de que iba a entrar al mercado de consumibles.

“El modelo ya no funciona”, le dije al director general de la compañía. “Cuando se termine el cartucho de mi impresora, por ejemplo, lo tengo que pedir telefónicamente, esperar un par de días a que llegue y mientras tanto… ¿con qué imprimo?”, le cuestioné.

-“Ah, es que tú deberás de programar en qué momento se terminará la tinta y entonces, anticipadamente, ordenas el cartucho”, me contestó muy seguro.

“¿Programarme para ordenar un cartucho de tinta? ¿bromea? ¡Yo ni siquiera soy capaz de poner en orden mi cajón de calcetines!”, fue el comentario que desató la animadversión contra mí y la risa de varios analistas financieros que también estaban presentes en la reunión.

Al fondo del salón estaba el dueño de la empresa, callado, observando. Me habían prometido una larga entrevista con él, pero después de mis cuestionamientos la agente de relaciones publicas que me había contactado se acercó a mí y me dijo que el empresario tenía una agenda muy complicada y solo respondería una pregunta.

Yo la entendí perfectamente. Buscaba deshacerse lo más rápido posible del reportero incomodo.

Michael Dell se sentó frente a mí con un lenguaje corporal que decía: “¡Vamos dispara ya!”. Este mítico empresario había anunciado su retiro unos meses antes y ahora la dirección de la compañía recaía en un amigo de juventud, Kevin Rollins, a quien yo acaba de acribillar con mis dudas.

Dell esperaba una interrogante complicada y pensé en no desilusionarlo. Jalé el gatillo mientras el personal de relaciones públicas de la compañía contenía la respiración.

Michael me escuchó, se llevó las manos a la cabeza mientras se escurría un poco en el asiento para quedar más cómodo y me dijo a modo de reconocimiento: “Me has hecho la pregunta más difícil que jamás antes me habían lanzado”.

En ese momento pareció escucharse un suspiro de alivio del resto del salón.

“¿Si Michael Dell Niño viajara en el tiempo y lo viniera a visitar a su futuro, usted lo podría ver a los ojos?”, había sido mi único golpe, y Dell se declaró demolido.

-“Creo que (michaelito Dell) sería un juez implacable sobre los sueños que tenía, sobre sus ganas de cambiar el mundo y los ideales que me impuse”, contestó.

Entonces a todo mundo le dejó de importar el reloj porque el empresario nos obsequió una hermosa narración de sus ideales y aspiraciones juveniles, contó sobre esos tiempos en que su Padre, desesperado pensaba que estaba tirando su futuro a la basura al descuidar su universidad para recolectar computadoras de deshecho.

“Pero hijo ¿qué harás de tu vida?”, cuestionó su progenitor.

-“Papá. Un día competiré con IBM”, le respondió el joven Dell, propósito que no solo logró, sino que superó al ser uno de los causantes de que IBM saliera del negocio de computadoras.

Dell se derrumbó, no frente a mi pregunta, sino frente a sí mismo. Por eso no me extrañó nada verlo ensimismado cuando desde la puerta de la sala de juntas me giré para decirle un “Hasta pronto”.

En ese momento pensé que ningún ser humano puede resistir el juicio de sus ideales y por eso me pareció excelente la estrategia de Taylor Smith, una niña de 12 años de Tennessee, Estados Unidos, que se escribió a sí misma una carta que solo ella podría abrir cuando cumpliera 23 años.

“Para que la lea solo Taylor Smith el 13 de abril de 2023”, escribió en el sobre en el que guardó su misiva.

“Querida Taylor, ¿cómo estás? La vida es bastante fácil ahora (diez años atrás, en tu pasado). Sé que es un poco tarde para decirlo, pero como estoy escribiendo esto ahora, es temprano: ¡Enhorabuena por terminar la secundaria!”.

La hermosa niña se anima a sí misma, previniendo si algo le pudiera estorbar en sus objetivos por lo que escribe, “Si no has concluido los estudios, vuelve a intentarlo. ¡Consigue el título!”.

“¿Ya tienes tu propia casa? Si estamos en la universidad, ¿qué carrera estamos estudiando?”. “En este momento quiero ser abogada”, imagina la niña.

“Recuerda que han pasado diez años desde que escribí esto. Han pasado cosas buenas y cosas malas, así es la vida, tienes que aprender a vivir con ello”, concluye la carta que Taylor escribió, pero que no podrá leer como lo tenía planeado.

La adolescente murió el año pasado de neumonía mal diagnosticada y sus padres encontraron la carta que se escribió a sí misma entre sus cosas y la compartieron por redes sociales.

Creo que Taylor era una persona única porque tenía la disposición de dejarse juzgar por su “yo niño”, así que su pérdida es más que lamentable porque un ser humano que se somete a ese juez implacable, como lo calificó Dell, tiene la capacidad de hacer cosas grandes.

Si nunca lo has hecho te lo recomiendo. Ponte en el banquillo de los acusados y trae del pasado al niño o niña que fuiste y escúchate. No te reproches si sientes que has traicionado tus propósitos, solo retómalos para que te imagines la sonrisa infantil que pondrías de saber que buscas ser fiel a ti mismo(a).

Vi a Michael Dell, en San Francisco, en un Congreso de Tecnología, un año después de la larga entrevista de una sola pregunta. Me presentó a su bella esposa a la que le dijo que yo lo había hecho reflexionar en serio.

En ese entonces Dell, había cancelado su retiro, retomado la dirección de la empresa y enterrado el modelo “Dell”, usando intermediarios y colocando sus computadoras en grandes almacenes y pequeñas tiendas a la par que mantenía la venta directa.

En este momento que escribo, Dell sigue sorprendiendo a todo mundo ya que sacó de Bolsa de la compañía para que el único propietario de la empresa sea él mismo.

A veces, cuando mi ego me gana, pienso que yo tuve que ver con los cambios de planes de Dell y su renovación, pero entonces el niño Pepito se aparece y me reprocha que siga siendo vanidoso.

Yo, avergonzado, bajo la cabeza y trato de volver al camino del plan trazado por el mocoso soñador que algún día fui.



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