El juez Gonzalo Curiel, quien nació en Chicago, ordenó a Donald Trump que haga publica la documentación de la Universidad Trump, acusada de fraude, ya que por ser un candidato a la presidencia de la Unión las personas tienen derecho a conocer del caso, lo que desató la furia del empresario.
“Creo que el juez debería estar avergonzado de sí mismo, es una vergüenza que esté haciendo esto”, dijo Trump sobre la decisión del juez.
“Lo que ocurre con el juez es que resulta ser, eso creemos, mexicano. Lo cual es maravilloso. ¿Saben qué? Creo que los mexicanos van a acabar enamorándose de Donald Trump cuando yo dé todos esos trabajos”.
La petición de la apertura de la información la hizo The Washington Post y el juez Curiel le dio la razón y acusó a Donald Trumpo de “poner en duda la integridad de los tribunales”.
Trump se niega a entregar la información interna de la universidad porque esta probaría que, efectivamente, la universidad, que nunca tuvo una licencia como tal, era la fachada de un fraude para sacar dinero a las personas con la promesa de que los volverían tan ricos como Trump.
Por lo anterior el empresario enfrenta una demanda en California que lo acusa de seducir a los estudiantes de seminarios para registrarse en cursos por un coste de hasta 35.000 dólares bajo la promesa de recibir la instrucción de expertos elegidos personalmente por Trump.
Por su parte el fiscal general de Nueva York puso otra demanda en el 2013 en donde acusa a la falsa universidad de defraudar a más de 5 mil personas a través de una universidad que nunca recibió licencia como institución educativa. El fiscal pidió una compensación de 40 millones de dólares en este caso y acusa a Trump, dueño del 93% de la institución, de haber operado un fraude que le aportó más de 5 millones de dólares.
“En apenas 90 minutos, expertos elegidos personalmente compartirán mis técnicas, que a mí me llevó décadas aprender. Después, copien exactamente lo que hice yo y háganse ricos”, prometía uno de los panfletos, revelados por la revista The Atlantic. Los documentos también contienen instrucciones dadas a los representantes de ventas de la universidad, que debían conseguir que los alumnos de sus seminarios, que costaban cerca de 1.500 dólares, después se matricularan para clases “de élite” valoradas en casi 50.000 dólares.