Papa Francisco, el gran alborotador que Dios ama



sin hogar

 

Rev. Dr. Katharine Rhodes HendersonPor Katharine Rhodes Henderson Puede que les resulte extraño que una mujer que es ministro presbiteriano esté dispuesta a mendigar, pedir prestado, o robar una entrada para ver al Papa Francisco esta mañana, de cerca y personal, en la Casa Blanca.

La razón de peso que me incita a esto es muy personal – no sólo espiritual.

Fue a causa de la intervención de un sacerdote católico en mi vida, hace unos 40 años que me convirtió en lo que ahora soy.

Aunque nací y crecí Presbiteriana, entré en un período ateo en mi adolescencia y a los 20 años necesitaba tomar un serio descanso de mí misma y dar la espalda a la fe fue la forma más eficaz que pude encontrar para hacerlo.

Al igual que muchos mileniums (los adolescentes actuales), no pude conciliar la urgencia del evangelio con el reclinatorio y lo que me parecía una fe domesticada. Mi consuelo era el nihilismo: en última instancia, nada importaba.

Estudiar la universidad en el extranjero, en Alemania, cambió todo eso.

Me encontré cara a cara con un sacerdote en la puerta de un monasterio dando la bienvenida a los fieles al Servicio de Vísperas. Le pregunté directa y francamente si podía tomar la comunión, ya que no era católica. Me contestó que si quería, lo podía hacer.

Yo esperaba que me dijera que no para reforzar las barreras que tenía de la Iglesia, que estaba cerrada y que le importaban más las reglas y el comportamiento que acoger y aceptar. Entonces, al tomar la comunión esa noche, las palabras de la Biblia que había vivido en mi infancia inundaron mi alma.

Y ese acto radical de hospitalidad hace casi 40 años me puso en el camino hacia mi fe, reconocí mi vocación al responder el llamado del ministerio que amo profundamente y del que nunca me arrepentiré.

Por eso me sentí tan obligada a dar la bienvenida a Francisco a los EE.UU. esta mañana.

Aunque sé que nunca voy a poder compartir esta historia con Francisco personalmente y, como progresista, no comparto todas sus perspectivas teológicas, mi corazón se alegra al orar con él – y por él – todos los días.

Él encarna el liderazgo auténtico del que tanta hambre tiene el mundo. Francisco pasa sobre el poder, al decir la verdad a los poderosos y eso es parte del alboroto que genera. De esta manera, él procura el agua para sanar al mundo.

Los expertos dicen que Francisco no es político, que su mensaje es solamente religioso, como si al desearlo se convierta en verdad. Algunos líderes políticos incluso le advierten que se mantenga al margen de la política, como si las dos esferas pudieran cerrarse herméticamente cuando les conviene.

Parecen haber olvidado que la política es sobre cómo ordenamos nuestra vida compartida para optimizar la prosperidad humana y el bien común en nuestro espacio compartido. Para la gente de muchas tradiciones religiosas, ya sean progresistas o conservadoras, las dos esferas están íntimamente entrelazadas inevitablemente.

En lo mejor de la tradición profética, Francisco nos llama a ser mejores nosotros mismos. Él nos llama a ir más allá de la piedad personal, la creencia y la caridad para perseguir la justicia, encontrar patrones de vida para cuidar a los más vulnerables (incluyendo la Tierra misma), y dar la bienvenida al forastero.

El sacerdote que me dio la bienvenida a mi “casa”, al hacer que la encontrara en la comunión, en Alemania, claramente entrenó en la misma escuela de Francisco.

Su inclusión hacia mí, cambió el curso de mi vida, y por eso estoy eternamente agradecida.

Francisco hizo un llamado hoy que era a la vez personal y para los políticos: Ser alborotadores amorosos y amados de Dios, por el bien de nuestros hijos y el futuro del planeta.

Ruego que nosotros, como nación, prestemos atención a esa llamada.
Katharine Rhodes Henderson Dra. y Ministro Presbiteriano, Presidente del Seminario de Teología de Auburn



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