El mito de Sísifo puede leerse desde dos ángulos, el de Lucrecio o el de Camus. En su obstinación por ser elevados a los altares de los padres refundadores y dejar para la posteridad un legado político perdurable, Rafael Moreno Valle y Andrés Manuel López Obrador se identifican con uno y con otro.
El poblano, a diferencia del tabasqueño, no encuentra felicidad en la monótona labor de la conquista del poder; en su ascenso ninguna cumbre le parece suficiente, cada cima ganada le sirve solo para impulsarse hacia la siguiente. En las alturas del Monte Purgatorio el tiempo corre de manera misteriosa: mientras los demás calculamos nuestra vida en meses y años, estos superhombres lo hacen en sexenios.
Moreno Valle, de 48 años, no tiene ninguna prisa, puede darse el lujo de esperar a que las condiciones políticas le sean favorables antes de lanzar su ataque a la presidencia. Si no lo son en 2018 – que no lo son –, lo serán en 2024.
De acuerdo con la teoría de la Guerra total de Ludendorff, el epicentro del poder del guerrero es su propio territorio, fuente de los recursos humanos y materiales indispensables para sostener su esfuerzo bélico. Ninguno puede aventurarse a la conquista de nuevas tierras sin haber asegurado, antes, su retaguardia. Del mismo modo, en política, ninguno puede aventurarse a la conquista del poder si no asegura, antes, su propio feudo.
Aunque la estructura política de Moreno Valle no se restringe a sus fronteras territoriales – el poblano es coordinador de la estratégica Comisión Política del CEN del PAN e influye directamente en un número importante de legisladores y en, al menos, media docena de mandatarios estatales –, no podría permitirse la pérdida de su plaza. Su prioridad debe ser, pues, controlar los procesos sucesorios locales de 2018 y 2024.
“Maximato” es un eufemismo que nos remite a una época oscura de nuestra democracia, pero a nadie se le ha ocurrido uno mejor para referirse a la influencia de los ex mandatarios sobre sus sucesores.
El gobernador de Puebla ha dado los primeros pasos en la construcción de un maximato sin otro componente ideológico que el culto a Mammón. “Su fuerza” – escribe Fermín Alejandro García, en La Jornada de Oriente – “es el dinero”. Local y nacionalmente, el dinero le ha despejado el camino para influir en la política poblana muchos, muchos años más:
Por un lado, en 2011, el Congreso aprobó una reforma a los códigos electorales estatales para elegir al titular del Ejecutivo la misma fecha en que se elija al presidente de la República. En la práctica, ésta modificación extendió la administración morenovallista dos años, hasta 2018. El gobernador quedó, así, en posición de elegir a su substituto inmediato, para el periodo 2016-2018 – José Antonio Gali – y al substituto de éste, para el periodo 2018-2024 – Martha Erika Alonso, su esposa, secretaria general el CDE del PAN y consejera nacional del blanquiazul, es la candidata natural del grupo. Ningún otro aspirante ofrece garantías de continuidad a mediano y largo plazo.
Por el otro, la amistad entre Casa Puebla y Los Pinos ha probado ser sólida. El gobernador ha apoyado el proyecto político del presidente y éste le ha agradecido tolerando sus excesos y echándole una mano en las urnas cuando le ha hecho falta. Y viceversa. La imposición como dirigente nacional del tricolor de Enrique Ochoa Reza, un morenovallista, al menos, en potencia, reforzará su alianza y facilitará las negociaciones sobre la próxima gubernatura…
Moreno Valle participará en la interna panista sin mucho ánimo de ganarla; “buscará, sin ser candidato, convertirse en la figura clave de la sucesión presidencial”.
Twitter de Francisco Baeza @paco_baeza_