En 1982, México despidió a José López Portillo a ladridos. Los mexicanos le despreciaban no por quien era sino por lo que representaba. El ex presidente encarnaba a un régimen que ignoró la advertencia del poeta y se distinguió por sus excesos, que cuando dio pan dilapidó la riqueza de Cantarell y Ku-Maloob-Zaap y cuando dio palo hizo correr la sangre en la Plaza de las Tres Culturas y en el Casco de Santo Tomás.
Le sucedió un Miguel de la Madrid que representaba lo opuesto, el autocontrol. El colimense era consciente de que al México que heredó le urgía una renovación moral: “No nos corresponde tutelar la moralidad de los ciudadanos” – dijo – “pero tenemos la obligación ineludible de prevenir, detectar y sancionar la inmoralidad social, la corrupción.” Dos semanas después, nacería la Secretaría de la Contraloría General de la Federación (SECOGEF), cuyo propósito sería, precisamente, prevenir, detectar y sancionar la inmoralidad de los servidores públicos…
Treinta y cinco años después, a México le sigue urgiendo una renovación moral. El régimen de Enrique Peña Nieto no es menos excesivo que sus antecesores. El presidente dilapidó una riqueza tan extraña como la que se escondía en la profundidad del lecho marino, su capital político, y comparte la responsabilidad de lo ocurrido en Ayotzinapa, Apatzingán, Tlatlaya o Nochixtlán. La sombra de la corrupción oscurece al peñismo. ¡La Colina del Perro de uno es la Casa Blanca del otro!
Con la puesta en marcha del Sistema Nacional Anticorrupción (SNA), Peña Nieto tratará de imprimir al último tramo del sexenio los valores del paradigma delamadridista. La disculpa del presidente, si bien, inútil porque no fue sincera, es un paso en la dirección correcta que se confirmaría si el muy amigo Virgilio Andrade es reemplazado por un funcionario independiente y neutral. El presidente tratará, también, de llevar a cabo una reforma al interior de un PRI lastimado por las atrocidades de sus barones. No hay que perder de vista que modificar la metodología histórica del tricolor, haciendo del proceso de selección de sus candidatos uno honesto y transparente, podría significar su refundación…
En 1982, los ladridos era inconexos, expresiones anónimas de descontento e impotencia; en 2016, en cambio, los ladridos pueden conectarse y amplificarse globalmente a golpe de retuits. Éste México ladra, ¡y muerde! – O, al menos, podría morder –:
Las guerrillas que nacieron como respuesta a los excesos del régimen en las décadas de 1970 y 1980, el EPR y el EZLN, al abrigo del maoísmo peruano y de la teología de la liberación, respectivamente, se han reinventando ocupando espacios estratégicos en la capital a través de las organizaciones civiles que proliferaron durante la administración lopezobradorista (2000-2006) y penetrando en organizaciones populares en Oaxaca, Guerrero, Michoacán o Chiapas. Su fuerza no descansa en el terreno ideológico o militar sino en el social. A través de sus fachadas, maman del hartazgo social y, por eso, no debe subestimárseles.
El EPR y el EZLN, y otros grupos similares, encontrarán en los márgenes del proceso electoral una última oportunidad de asaltar el poder.
Twitter de Francisco Baeza @paco_baeza_