La operación Rápido y Furioso, mediante la que el gobierno de Estados Unidos le dio armas a los carteles de las drogas mexicanos, probablemente no se hubiera convertido en un gran escándalo de no ser que con una de esas armas fue asesinado un agente estadounidense.
Esta operación generó grandes daños a México y muetes de inocentes, pero fue la muerte del agente Jaime Zapata lo que hizo que el caso llegara al congreso estadounidense.
Jesús Iván Quezada, alias El Loco, y Alfredo Gastón, El Camarón o El Burguer, están acusados de la muerte de Zapata y del intento de asesinato de otro agente que lo acompañaba, Víctor Ávila, que resultó herido pero sobrevivió. Otros tres extraditados se confesaron culpables en la misma sala en 2013 y un cuarto reconoció su colaboración. Otro más, extraditado en 2015, aún no ha sido juzgado. Todos ellos podrían ser sentenciados a cadena perpetua en E.U.
Y para cometer el crimen usaron las armas que el mismo gobierno de E.U. dejó pasa pasar a México.
El crimen ocurrió en una carretera del Estado de San Luis Potosí, en el centro de México. Aquella mañana del 15 de febrero Zapata (Brownsville, 1978) y Ávila (El Paso, 1972), ambos agentes especiales de migración nacidos al norte del Río Grande, salieron en una camioneta blindada desde la Ciudad de México a cumplir con el encargo de recoger un material que les entregarían dos agentes del consulado de Monterrey (norte de México) que los estarían esperando en algún punto del camino.
A pocos kilómetros de la ciudad de San Luis le salieron al paso dos camionetas con gente armada. Intentaron rehuirlos pero se vieron obligados a parar. Los narcos se bajaron. Zapata y Ávila pensaron en quedarse dentro protegidos por el blindaje, sin darse cuenta de que al detenerse su camioneta había desbloqueado automáticamente las puertas. Los delincuentes abrieron una y pese a que ellos gritaron que eran oficiales de EE UU, mientras trataban de cerrarla les dispararon. Ávila, herido en una pierna, consiguió bloquear de nuevo las puertas y subir una ventanilla. El comando criminal abrió fuego desde fuera contra el coche, sin lograr atravesar su armadura, y finalmente se dio a la fuga.
Pasados unos minutos, Zapata falleció por el impacto de las balas. Hasta el momento no se ha determinado cuál fue el motivo de la emboscada, aunque los indicios y las declaraciones de los inculpados apuntan a que los criminales querían robarles la camioneta –si bien el vehículo de los dos agentes llevaba placas diplomáticas–. Las familias de Zapata y de Ávila han demandado al Gobierno de EE UU por haberlos enviado a una misión en una carretera peligrosa (Ávila fue a regañadientes, tras haber discutido con sus superiores sobre los riesgos)