El mensajero héroe del café La Belle Equipe



El héroe

Aunque las balas suenan como tablazos, para quien nunca las había oído tan cerca parecieron grandes explosiones que derrumbaban todo.  En un momento la seguridad, la alegría, cayeron como edificios implosionados, mientras surgía el mundo del dolor, del miedo que acompañará siempre a los supervivientes del ataque al café La Belle Equipe.

Fue el momento en el que un grupo de terroristas entró a este local en el centro de París y empezó a matar a las personas.

El instinto hace que, frente al peligro, los humanos se congelen como ciervos del bosque, es por eso que a los asesinos de multitudes pueden acabar con cientos de personas sin ser detenidos.

Pero Ludo, como le decían sus amigos de cariño, no se paralizó, él supo que hacer de inmediato cuando un terrorista apuntó su fusil Kaláshnikov a una niña que momentos antes cenaba alegre con su familia… Se lanzó decidido contra el atacante y hacia su muerte.

Cómo el depradador que no espera resistencia de los cervatillos, el terrorista dudó al ver al corpulento hombre de color avalanzarse sobre él, pero la distancia era mucha y le sobró el tiempo para sobreponerse, apuntar y disparar contra ese loco que intentaba detenerlo.

Ludo cayó herido de muerte, pero con los segundos que el terrorista tardó en dispararle compró la vida de la niña.

Ese instante sirvió para que la pequeña se pusiera a resguardo y solo fue herida por la metralla.

El verdadero nombre de Ludo era el de Ludovic Boumbas, era de origen congolés, estaba en el café celebrando el cumpleaños de una amiga y tal vez vino a este mundo para, en el momento de mayor desesperanza, mostrar a la humanidad que “los buenos” están en todas partes.

“Le encantaba viajar por el mundo y sobre todo le gustaba la gente. No era más que uno de los buenos, la gente buena de la vida. Él no tenía ninguna oportunidad contra el terrorista”, comentó a los medios de comunicación uno de sus amigos.

Ludo trabajaba como empleado de una empresa de mensajería y durante su vida entregó, siempre con entusiasmo, miles de paquetes y cartas.

Por eso fiel a su trabajo, sonrió mientras cerraba por última vez sus ojos, seguro de que había entregado su último mensaje y esta vez su destinatario tenía todos los colores de las razas y todos las buenas intenciones de las religiones.

“Si los hombres buenos se paralizan, entonces toda esperanza muere”, hoy leyó la humanidad.

ludo



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