El Buitre



buitre

Cuando sus ojos se tropezaron conmigo me lanzó su mirada despiadada, esa que me hacía pensar que la ensayaba todos los días frente al espejo, sin embargo, para ser justos, tengo que confesar que seguramente yo propicié ese comportamiento.

Nos habíamos topado antes, varias veces, en los despachos de los abogados corporativos más famosos del País, que llevan los asuntos de esas familias acaudaladas que cuando se pelean como perros y gatos se les olvida el abolengo y la decencia.

Sabía lo que era: un buitre que se alimentaba de las desgracias ajenas, que le ponía precio al dolor… y era consciente que para él yo era también un carroñero. Seguramente, en su pensamiento, me había metido al mismo costal que a los reporteros ávidos del escándalo y la nota sensacionalista.

Así que, probablemente, en uno de esos encuentros yo fui el primero en acuchillarle con una mirada acusatoria.

Se sentó en la misma fila del avión que yo, y pronto ocuparon los asientos a su lado dos peculiares pasajeras: una madre de familia y su hija, una niña con síndrome down de unos seis años aproximadamente.

La pequeña quedó deslumbrada con la brillante corbata de seda del buitre, mientras que la madre, avergonzada, trataba de retirarle las manos del objeto de su deseo, sin embargo, y para mi sorpresa, la hiena puso su corbata en manos de la niña.

Los dos vimos nuestros relojes, que además de la hora marcaban la enorme diferencia entre nosotros ya que tengo la gran seguridad de que nunca usaré un costoso Rolex de oro, ni aunque alguna vez tenga el dinero para comprarlo. Ambos vimos la hora inconscientemente, como un gesto de resignación al constatar que, como cada domingo por la tarde, el avión a Monterrey se retrasaría esperando que le dieran pista.

La niña al lado del carroñero le preguntó si él sabía pilotear, cuando la chinche humana le respondió que sí, la pequeña volvió al ataque para cuestionarle por qué no conducía el avión y la llevaba de una vez con su abuela.

A partir de ese momento no dejó en paz al chupasangre, éste sacó un sobre color manila y le hizo agujeros para enmascarar su mano, a la que previamente le había dibujado ojos. La niña lucía maravillada.

La madre inicialmente reprendió a la pequeña para que dejará en paz al hombre, pero él le dijo que se sentía muy a gusto con su compañera de viaje, por lo que la mujer trató de mantenerse a la expectativa por si su hija rebasaba algún límite, sin embargo, pronto se quedó dormida en un sopor que dibujaba muchas noches en vela.

La madre solo despertó por un momento para darle una papilla de manzana a la pequeña.

El par siguió haciendo travesuras hasta el grado de que la niña casi pone a vibrar al avión con sus estruendosas carcajadas, lo que provocó que una azafata acudiera a reprenderlos y, mal encarada, les pidió un mejor comportamiento.

En cuanto la aeromoza se dio la vuelta el hombre le sacó la legua y la chiquilla lo imitó con tan mala suerte que fue a ella a quien descubrió la aeromoza, provocando las sonrisas de las personas al rededor.

Así fue como llegó el momento en el que el piloto anunció que habíamos llegado a nuestro destino.

Cuando el abogado se puso de pie se dio cuenta que el saco de su costoso traje había quedado decorado con una enorme mancha de papilla de manzana, pero no dio ninguna señal de molestia, solamente esbozo una sonrisa.

Cuando ambos salimos del avión el hombre me dirigió su mirada feroz y despiadada, pero yo, en vez de regresársela con toda la formalidad que dicta el desprecio, le hice una mueca graciosa… A mí ya no me engañaba.



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