Según la tradición bíblica, en el inicio de los tiempos todas las personas hablaban el mismo idioma. Un día decidieron construirse una gran torre que los protegiera de cualquier ataque de bipolaridad de su singular creador, como aquél que terminó en el gran diluvio universal destruyendo a todas las especies de la tierra; lamentablemente, esta idea –la de la torre– no le pareció bien al mero mero dueño del universo, entonces (citando textualmente el Génesis): “y dijo Yahvé: He aquí el pueblo es uno, y todos éstos tienen un solo lenguaje; y han comenzado la obra, y nada les hará desistir ahora de lo que han pensado hacer. Ahora, pues, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero”. Los románticos aseguran que ese día se inventaron las lenguas del mundo, y que por eso le pusieron a ese lugar Babel. La verdad es que ese día, lo que se inventó fue la burocracia.
El registro por internet. La impresión de formatos estandarizados. Original y copia de no sé qué. Copia del INE por ambos lados. Las interminables filas. Andar de una ventanilla a otra. Inclinarse para ser atendido por la dulce y amable dependienta pública (¿si han notado cómo el agujero de las ventanillas burocráticas siempre es inferior a la estatura del hombre promedio, obligándolo a someterse a sí mismo?, señala don Enrique Abasolo en una columna del mismo tema). Horas y horas de espera desesperada. Todo eso nació ese día infernal.
Todo este aparato burocrático cuesta, ni más ni menos, la decorosa cantidad de 27 millones por hora, según cifras de la SHCP, donde en una lista detallada reseña cuánto se gasta en la burocracia mexicana. ¿Es justo invertir tanto en algo que no hace feliz a nadie? Ni a los usuarios del servicio, ni mucho menos a los servidores públicos, porque de ser así trabajarían con más entusiasmo y no responderían con esa voz llena de tedio cuando se les interrumpe mientras están ocupadísimos revisando su cuenta de Facebook, para que lo atiendan a uno.
Más alarmante es que el dinero que México dedica a salud, educación y equidad social se gasta en sueldos. Sueldos de burócratas que no trabajan ni por la salud, ni la educación, ni mucho menos por la equidad social, son sueldos gastados en revisar que se haya imprimido el formato correcto de registro y que uno tenga las copias correspondientes antes de darle un sello y enviarlo a la siguiente ventanilla donde verificaran que esté dado de alta en el sistema y bla bla bla… tal vez si ese dinero fuera destino a los verdaderos agentes del cambio: maestros, aulas dignas, artistas, a la divulgación científica, o al financiamiento de proyectos de intervención, tal vez ese día seamos capaces de progresar como país y veamos concluido el sueño de construir una torre que llegue hasta el cielo y nos proteja de la destrucción… pero a este paso, es más probable que un nuevo suceso apocalíptico nos sorprenda mientras esperamos en la fila de ventanilla tres, con la copia de la forma 701.
Y que Dios nos agarre confesados.
Estás en lo cierto, considero que todo es una guerra de intereses elitistas. Los “reyes” del universo, cuyo poder ha sido heredado a través de interminables generaciones y para los que prima el resguardo de su patrimonio y el de su linaje, dejando al pueblo por debajo de la base de la pirámide de la sociedad, sometiéndolo a todo tipo de “análisis sin fines recaudatorios”, en ese aspecto amaría que el ser humano no fuese tan individualista, respetara e intentara un poco, sólo un poco, el trabajar en colectivo buscando el desarrollo de su comunidad.