¿Cuántos milagros has dejado de hacer hoy?



Esperanza

Cuándo ocurren tragedias como la matanza de este pasado viernes en París, muchos nos preguntamos hasta dónde puede llegar la crueldad humana, la maldad, el fanatismo estúpido con el que un hombre mata a inocentes pensando existe un dios que premiará esto.

La maldad puede ser tan grande como la misma bondad porque somos ángeles y demonios, somos el cielo o el infierno que nos construimos.

Existe la creencia generalizada de que los más grandes milagros dependen de la suspensión de las leyes naturales, pero esto no es cierto, los milagros más espectaculares no son contra natura, son más espectaculares porque tienen que ver con la suspensión del egoísmo humano.

Como corresponsal en la cobertura periodística de algunos desastres naturales, he podido atestiguar como la mano fraterna de una persona que ayuda a otra, llega a significar la diferencia entre la vida y la muerte, y eso, que la persona salvada considera milagro, no necesita de la apertura de los cielos, ni la ruptura de las leyes naturales.

Me gusta pensar en una historia de hace más de 20 años, sucedida en Estados Unidos, y que considero el mejor ejemplo de la capacidad que tenemos todos los seres humanos de hacer cosas extraordinarias, sin que, incluso, representen gran trabajo para nosotros.

Trata de una niña que acudió con el boticario de su barrio para comprar un “milagro”.

El farmacéutico estaba platicando con su hermano que le había ido a visitar, pero no pudo menos que asombrase cuando escuchó lo que la niña, de escasos 5 años, le preguntó.

“¿Podría decirme cuánto cuesta un milagro?, porque quisiera comprarle uno, traigo dinero”, dijo con firmeza mientras que sus pequeños ojos apenas se asomaban al mostrador, a pesar de haberse puesto de puntas.

“Mi hermanito está enfermo, algo malo le está creciendo en la cabeza y oí decir a mis padres que solo un milagro lo puede salvar, y como usted vende medicina para curar a las personas pensé que seguramente tendría uno que me venda. Si no alcanza mi dinero prometo traerle más”, dijo.

El boticario se quedó sin habla, lo que aprovechó el hermano que le visitaba, y que había escuchado atentamente, para preguntarle a la pequeña:

“¿Y cuánto traes para comprar el milagro?” y la respuesta de la niña: “un dólar y 21 centavos”.

“Sabes pequeña, estás de suerte. Hoy tenemos una oferta en la que estamos vendiendo milagros precisamente a un dólar y 21 centavos, pero tendré que ver a tus padres y luego llevarme a tu hermano por algunas semanas”, le dijo.

El hombre en cuestión era el doctor Carlton Armstrong, un famoso neurocirujano de Chicago que intuyó de qué se trataba el problema del niño y se decidió a realizar y costear la cirugía que necesitaba, pero solo lo hizo en parte porque cobró un dólar con 21 centavos, el precio que la pequeña le había puesto al milagro que él se encargó de ejecutar.

Así son los milagros de la voluntad humana y de la solidaridad. Para el doctor Armstrong su acción solo significó una fracción de su tiempo y un monto insignificante (para él) de sus recursos económicos; para los padres, imposibilitados de pagar una cirugía craneal, representó el milagro de la vida de su hijo y para la pequeña hermanita el asunto se concretó a un negocio justo por el que pagó un dólar con 21 centavos y remedió el mal que tenía su hermano.

O sea, los milagros pueden ser cosas comunes que hacemos, o damos a los demás y que, sin embargo, serán extraordinarias para quien las recibe.

El producto de una infinita improbabilidad es lo que llamamos realidad, porque nuestra existencia depende de una cadena de eventos poco probables que no inician con nuestra existencia, sino que se remontan a un infinito número de eventos que nos permiten: a mí estar escribiendo y a ti, leerme.

En esa cadena de eventos que se enlazan diariamente y que hacen la vida de nosotros y la de los demás, siempre podemos introducir pequeños actos positivos que significarán para una persona que los necesita, en el momento oportuno, la creación de un milagro.

Creer en milagros solo como manifestaciones sobrenaturales, significa dejar todo el trabajo a alguien más y nos aleja de la capacidad portentosa, que todos tenemos, de jalar los hilos cósmicos de este universo para darle una ayudadita a Dios.

El Fraile periodista Martín Descalzo contaba una anécdota Genial. Después de ver a un niño en oración le preguntó cuando éste concluyó, “¿Qué es lo que le pedías a Dios?”.

“No le pedía nada, solo le estaba diciendo que estoy aquí por si necesita algo de ayuda”, fue la respuesta del pequeño. Y tú ¿cuántas ayudaditas le darás hoy al universo?



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