En una ocasión invitaron al patriarca de Venecia a una cena de gala y le tocó sentarse junto a una invitada que vestía un traje de noche muy escotado.
El que se convertiría tiempo después en el Papa Juan XXIII no llamó la atención de la mujer, aunque algunos comensales pensaban que lo haría.
Así transcurrió la velada, hasta que llegó el momento de los postres y el solícito patriarca le recomendó a la joven que eligiera una manzana.
– “¿Me la sugiere usted por lo sano que es esa fruta?”, le preguntó la mujer.
“En realidad pensaba que si Eva, al comer la manzana se dio cuenta que estaba desnuda, el fruto podría tener el mismo efecto en usted”, le dijo el ahora Santo Juan XXIII