Federico el Grande en su juventud fue hostigado por su padre Guillermo, por preferir la filosofía y la historia, al arte de la guerra, sin embargo cuando obtuvo el trono demostró al mundo que un estratega ilustrado puede ser más temible que un militar salvaje, y hoy en día es considerado como uno de los líderes militares y de gobierno más capaces de la historia.
Una muestra de la astucia de Federico es la anécdota que lo convirtió en el rey de las patatas.
El emperador vislumbro el poder alimenticio que tenía la papa y dispuso un programa para que la sembraran los campesinos prusianos ( territorio de lo que hoy es Alemania, Austria y Polonia), sin embargo, frustrado descubrió que este tubérculo no le gustaba para nada al pueblo.
Convencido de que las papas podían terminar con el hambre del pueblo, Federico cambió de estrategia y pidió que se recogieran todas las papas, que antes había intentado donar a los campesinos.
El emperador dispuso que se sembrará papa en una de sus fincas y luego la cercó y pusó guardias armados día y noche para cuidar el sembradío.
El pueblo pronto averiguó que el fruto de gran valor que custodiaban los soldados del rey era la papa y trataron de imitarlo sembrándola, pero ¡oh sorpresa!, no había donde conseguir papas para sembrar. Este hecho los hizo ambicionar más el fruto prohibido que el emperador quería reservarse solo para él.
Fue así como algunos valientes empezaron a entrar a hurtadillas a la finca del emperador para robarse papas para sembrar. Lo que no sabían los ladrones es que los soldados que cuidaban los cultivos tenían la orden de hacerse los tontos para que los campesinos pudiera robarse efectivamente los tubérculos.
La papa probó ser un cultivo resistente y cuando el pueblo lo conoció más le encantó porque podía comerla en pucheros, asada y dorada por lo que su cultivo pronto se extendió por toda Prusia y más allá de sus fronteras, al grado que pueblos como los Irlandeses se volvieron totalmente dependiente del tubéculo y, como lo había vislumbrado Federico, ayudó a combatir el hambre,
El pueblo aceptó las papas porque eran un fruto digno de un rey y para obtenerlas se las habían hurtado a uno, que además tenía fama de ser muy inteligente.