La deuda que valía nada y mucho a la vez



deuda

Siempre le había llenado de satisfacción ser autosuficiente. Toda la vida había navegado con la filosofía de no esperar nada de nadie para no desilusionarse.

A sus 60 años se consideraba una mujer exitosa, no se había casado. En su juventud se convenció que una familia estorbaba a sus propósitos de libertad e independencia. Nunca descartó la idea de unir su vida a la de alguien más, pero siempre la pospuso, entonces los años se le vinieron encima y ya no pensó siquiera en la posibilidad.

Hacía lo que le gustaba y una de esas cosas era viajar, por lo que estaba acostumbrada a manejar por largas horas.

Le faltaban cerca de 60 kilómetros para llegar a la ciudad que visitaría. Sus amigas le habían comentado sobre una hermosa catedral por lo que llevaba su equipo profesional de fotografía, lujos como ese se los podía dar gracias a la generosa pensión de la que disfrutaba y a su cuenta bancaria que había abultado con su ahorro constante.

Mientras pensaba en las fotografías que tomaría, escuchó el “pum” de una de las llantas traseras al reventarse, pero, a pesar de la sorpresa, reaccionó a tiempo para no perder el control del auto, disminuyó la velocidad y frenó suavemente para orillarse, sintiendo más orgullo de su pericia que temor por el percance.

Era vieja, pero no inútil. Ella cambiaría la llanta, pensó.

Sacó el neumático de repuesto y la herramienta. Sin embargo, en el momento de querer elevar el gato hidráulico este no se movió ni un milímetro, lo intento, y lo volvió a intentar, siempre sin ningún resultado, pero lo peor fue que una nube negra se llevó la luz de la tarde y… empezó a llover.

Se dio cuenta que sus lágrimas eran más gruesas que las gotas de lluvia e iba a sollozar cuando vio que una camioneta vieja se estacionaba a su lado y de ella descendía un joven sonriendo.

Por contradictorio que pareciera, la presencia de esta persona le dio miedo, estaba sola en la mitad de la nada y en su bolsa, al interior del automóvil, traía 3 mil dólares que pensaba gastar en la compra de algunas antigüedades que había visto por internet. Inconscientemente apretó más la llave que tenía en la mano.

El joven se acercó, le quitó la herramienta de la mano y le dijo que se resguardara de la lluvia que él cambiaría la llanta. A continuación le explicó que el gato hidráulico tenía un defecto de fábrica y por eso ella no había podido levantarlo, pero haría palanca con la llave y lo destrabaría, pero… al primer intento la herramienta resbaló e hizo una profunda herida en el brazo del chico.

Ella se asustó, pero el joven la tranquilizó y le dijo que en su oficio eso le pasaba frecuentemente. La herida no pasaría a mayores.

Terminó de poner la llanta. La mujer pensó que la única razón por la que ese joven le había ayudado era para cobrarle una cantidad exorbitante, aprovechándose de que no había un alma en decenas de kilómetros. Tanta amabilidad tendría un precio muy alto, pero ella siempre pagaba sus deudas por lo que preguntó sin ninguna amabilidad. “¿Cuánto le debo?”.

El joven sonrió y le dijo: “Nada y mucho”, lo que desconcertó a la anciana y reavivó su temor.

Ante la cara de incertidumbre y para no preocuparla más, el chico le explicó de inmediato.

“Mire, lo que hice no representó ningún esfuerzo para mí, voy a mi casa y mi esposa tardará todavía una hora en llegar, así que tenía bastante tiempo y usted estaba en mi camino. Lo único que le pediré es que haga algo por alguien más. Algo que sea nada para usted, pero que pueda ser mucho para alguien más”, le dijo.

La anciana no entendió bien lo que le pedía, pero el buen samaritano no le dio tiempo de preguntar porque se subió a su camioneta, aunque solo arrancó hasta que se aseguró que el auto de la mujer avanzaba sin problemas.

La aventura y el esfuerzo le habían abierto el apetito por lo que decidió detenerse en el siguiente pueblo en cuya entrada había un agradable restaurante.

Una joven camarera la recibió con una sonrisa y, sin que se lo pidiera, le llevó unas toallas para que se secara la lluvia y le atendió con la mayor disposición a pesar de estar en la última fase de su embarazo.

A la anciana le agradó la atención y le dijo que le envidiaba porque sonreía como si no existieran problemas en el mundo.

“Al contrario, cuando las cosas van mal es cuando se tiene que sonreír, no hay mérito en ser optimistas cuando todo marcha”, le respondió.

La madura mujer sonrió, pero no por el consejo de la joven, sino porque sintió que había llegado a un pueblo en el que todo mundo se creía filósofo.

Más por cortesía, que por verdadero interés, le preguntó sobre su futuro hijo y la chica le contó que ella y su esposo estaban muy felices, sin embargo él acababa de ser despedido debido a la crisis económica, nadie le daba empleo y todos los bancos se habían negado a prestarle dinero para el taller mecánico que quería poner.

Ella tenía la seguridad de que saldrían adelante, pero le lastimaba la frustración de su esposo porque era un hombre bueno y merecía una oportunidad, le confesó.

Entonces a la anciana se le iluminó el rostro y le pidió a la futura madre una bolsa de papel. La joven se la llevó y luego atendió el pedido de otra mesa.

Cuando volvió la vista al lugar de la anciana vio que se había ido, pero había dejado la bolsa de papel y en ella había una nota.

“Tal vez no lo entiendas, pero tenía una deuda que pagar, por eso te dejo este dinero. A mí no me cuesta nada desprenderme de él, pero a ti en cambio te resultará de gran ayuda. Te lo doy con la seguridad de que cumplirás el trato que te propongo: harás algo por alguien más, que no representará gran costo para ti, pero que puede ser muy valioso para esa persona”, decía el escrito.

La joven abrió la bolsa y encontró lo que le pareció una fortuna porque nunca en su vida había visto tanto dinero junto – no lo supo en ese momento, eran 30 billetes de 100 dólares–.

En tanto la anciana no dejaba de sonreír mientras seguía su camino. Se sentía como si hubiera hecho la mayor travesura de su vida, pero sobre todo estaba contenta de haber pagado su deuda de manera casi inmediata y haber comprendido eso de que el cobro “valía nada y mucho”.

La chica embarazada terminó su jornada y recorrió las dos cuadras que había de distancia a su casa, cuando llegó encontró a su esposo dormido; había estado trabajando en el campo desde madrugada para ganar unos cuantos pesos, por lo que era comprensible su cansancio.

De repente vio que se sobresaltaba debido, seguramente, a un mal sueño por lo que fue a su lado y le empezó a acariciar el cabelló, que notó húmedo, como si hubiera estado un tiempo en la lluvia.

En ese momento vio una fea herida en su brazo. No le preocupó porque se notaba que se la había curado él mismo y no lo quiso despertar.

Se acostó a su lado al tiempo que le decía al oído, “Todo estará bien, todo mejorará…” y volvió a pasar la mano por el cabello mientras pensaba que al otro día tendrían muchas cosas maravillosas que platicar, pero el tema más urgente sería la forma en que pagarían la extraña deuda que acababa de contraer. Esa deuda que tendría que valer mucho y nada  al mismo tiempo.



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