El daño de los prejuicios



Pejuicios

Ya daban la segunda campanada y Doña Chonita se apresuró para llegar a tiempo a Misa. De repente recordó que a su regreso tenía que comprar mandado por lo que tomó precipitadamente un billete de 500 pesos mientras buscaba su misal.

Apenas salió y se topó con su vecino el mecánico, Don Pedro.

“Viejo sucio, ¿por qué no tiene la caridad de asearse un poco?”, pensó mientras observaba su overol grasiento. Le saludó con una mueca mientras el hombre le detenía las puertas del ascensor.

A la salida del edificio le alcanzó Lucía, la hija de la portera, “Muy buenos días Doña Chonita”, le saludó alegre la chica, mientras que la anciana contenía su indignación por la indecente coquetería del maquillaje y el escote exagerado del vestido de la joven.

Aceleró el paso para que la “pirujita” no le hiciera más plática, pero al dar vuelta de manera tan repentina se topó de frente con Carmela Gatuna, una señora “loca” que tenía de mascotas a decenas de gatos que rescataba de la calle y a quien Doña Chonita había bautizado con ese apodo que los chiquillos del barrio se encargaron de difundir.

“Doña Carmen, ¡buenos días tenga usted!”, le dijo tratando de no acercarse mucho para que los pelos de gato del chal de Doña Gatuna no saltaran a su ropa.

Por fin llegó a la serenidad de la Iglesia y escuchó en paz su Misa. Al concluir el servicio religioso se dirigió al mercado, pero de repente sintió que el corazón se le subía a la cabeza cuando buscó en su monedero y no encontró los 500 pesos que estaba segura llevaba, por lo que se regresó a su hogar sin comprar nada.

Cuando llegó al edificio de departamentos la portera en seguida leyó en su rostro su pesadumbre, y Doña Chonita le contó que al salir a Misa había extraviado un billete de 500 pesos.

Entró a su departamento pensando que afortunadamente al otro día cobraría su pensión, además de que tenía un guardadito. Lo único que le molestaba era pensar en la persona que habría encontrado el dinero y que no tendría la decencia de devolvérselo.

“Si lo encontró el señor Pedro, ni esperanzas de que me lo regrese: ese vicioso en seguida se lo gastará en cerveza, y mucho menos pensar que la niña de cascos ligeros pueda dármelos”, pensó mientras se preparaba un café para pasar el mal trago.

Tenía que soportarlos, ella qué siempre se había preocupado por ser tan decente tenía que convivir con toda esa plebe de gente sin valores y poco religiosos, incluso a veces platicaba con Carmela Gatuna con riesgo de que le pegara alguna pulga.

No había terminado su taza de café cuando sonó el timbre de la puerta y al abrir se encontró con la sonrisa de Lucía.

“Mi madre preguntó a todo mundo si habían encontrado su billete y… ¡fíjese qué cosa!, a mí me lo contó al último y resulta que yo lo encontré”, le dijo mientras le tendía un billete nuevo de 500 pesos.

Doña Chonita no pudo ocultar su alegría y no se dio cuenta del momento en que le dio un beso en la mejilla a la chica. Seguramente había encontrado el dinero porque, devotamente, se había encomendado a San Antonio, pensó, aunque no pudo evitar extrañarse de que el billete devuelto fuera más nuevo de lo que recordaba, pero: ¿quién era ella para cuestionar un milagro?

No había pasado una hora cuando sonó nuevamente el timbre y al abrir se encontró con su vecino el mecánico.

“Doña Chonita: me escapé un momento del taller porque supe que un dinero que encontré en la mañana, cuando nos vimos, es suyo y se lo traigo”, le dijo, le puso un billete en la mano, le dio un rápido beso en la cabeza y desapareció sin darle tiempo de decir nada.

La anciana estaba desconcertada. Seguramente alguien más había extraviado dinero y casualmente sus dos vecinos habían encontrado su billete y el de alguien más, ¿pero, quién de los dos había hallado su dinero y cómo haría ella para localizar al otro propietario?

Salió puntual para el Rosario de las seis, y en la plaza se encontró con Carmela Gatuna, que se dirigió presurosa a ella.

“Doña Chonita, yo encontré su billete”, le dijo metiéndole una mano a su abrigo para dejarle el dinero con un gestó tan rápido que la anciana no pudo reaccionar ya que Doña Carmen, con agilidad felina, dio vuelta a la esquina tan rápido que dos gatitos que la seguían tuvieron que hacer un esfuerzo extra para alcanzarle.

La anciana, sin salir de su asombro llegó a la Iglesia mientras pensaba que dos billetes extraviados además del suyo, era demasiado.

Entonces abrió su misal para meditar las lecturas del día y ahí, señalando la Carta a los Corintios versículo 13, estaba su billete de 500 pesos.

De repente el templo le resultó muy incómodo y sintió una mirada pesada de los santos que la veían desde sus nichos, así que salió presurosa para regresar a su casa mientras que sentía un doloroso nudo en la garganta.

Chonita se dio cuenta que pasaba mucho tiempo en la iglesia pero no hacía nada por su prójimo, en cambio sus vecinos, que no se caracterizaban por ser muy religiosos, practicaban algo mejor: eran bondadosos. Ella solo tenía prejuicios para con ellos que respondían con acciones generosas.

Al llegar a su departamento se sintió un monstruo despreciable, una vieja egoísta, rata de sacristía… y entonces volvió su mirada al espejo y descubrió lo que sus vecinos veían en ella:  observó a una ancianita que vivía sola y que trataba de ser buena, supo que esa no era ella, pero, como sus vecinos no lo sabían, tampoco notarían cuando se hubiera convertido en esa persona.

Tenía que regresar con creces el dinero a cada uno de ellos, pero no podía descubrirlos que le habían mentido, así que lo haría a través de los pasteles de manzana que tanto le gustaban al mecánico, de las mantillas bordadas que ella hacía y que le encantaban a Doña Carmen y… en ese momento recordó que a la guapilla de Lucía se le iluminaban los ojos cuando veía la bufanda roja de seda que ella guardaba como un gran tesoro.

Entonces le sonrió amorosamente a la anciana del espejo y su corazón se emocionó cuando la viejecita, desde el otro lado del cristal, le respondió con una bondadosa sonrisa.



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